La apariencia de la jaula.

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Debería haberse repetido más a menudo «ésta es mi jaula, que nadie me la toque».

Sobretodo, porque no sabemos cuando alguien va a abrir la puerta y, desgraciadamente, no vas a  salir volando, escapando de la maravillosa jaula, sino que se te cuela un nuevo compañero sin tú decir ni pío.

Así se conocieron, Víctor vivía en la comodidad de su jaula, buena comida y bebida a mesa servida, explosivas salidas y entradas controladas, pero todo en orden al volver a casa.

¿Quién abrió esa puerta ? ¿Dios, el destino o el demonio?

Nada de eso le pareció el día en que apareció aquel pajarillo exótico en su hogar. Su trino era distinto y sus colores variados, diría que demasiado vitales y alegres para aquel entorno. Él había visto plumas semejantes, e incluso tocado con anterioridad esa suavidad aterciopelada, pero lo que más llamó su atención, ahora que ha pasado el tiempo y ve las cosas con otra perspectiva, fueron las ganas que tenía ella de escapar de esa jaula y como sus ojos cambiaban cuando lo conseguía.

Aquella nueva compañera le parecía una salvaje, no por sus modales, era pura dulzura y apenas se atrevía a trinar muy fuerte a diferencia de sus compañeros de jaula, dichosos en el arte de graznar sin parar. Percibía en ella sus ansias de libertad, de ahí que la observara en todo momento memorizando sus intentos de fuga y tropiezos por si un día intentara huir de aquel plácido lugar.

Incontables el número de veces que él la vio rendida, sin que sus delgadas patitas la sostuviesen, desplumada en su totalidad, desnuda de alma para arriba ante su constante mirada, así que mejor no hablar de alas… A pesar de todo, sus ojos brillaban una vez más cuando el más mínimo aliento de humanidad le devolvía las ganas de volar y una enorme, colosal y sonora sonrisa hacía vibrar los delgados hierros de su mundo.

¡Cuánta ternura le inspiraba aquel pequeño pajarillo rebelde y cabezota dándose trastazos contra los barrotes , mientras miraba a los demás sometidos a la costumbre!

Pero cómo acercarse a ella si su oculta intensidad amenazaba con arrasar su mundo conocido.

De vez en cuando la melancolía le hace preso otra vez, y asoma a silbar a la ventana por si ella vuelve a llenarle de vida con sus fantasías y sonrisas, y poder sentirse libre por unos instantes.

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